Eso fue lo que me dije el domingo por la mañana cuando sonó el despertador. Me llevó unos instantes negociar conmigo misma sentada en la cama que ya que estaba despierta me iba a gustar mucho más aprovechar el madrugón para descubrir los secretos de la mañana cámara en mano, junto a un montón de personas más en la distancia. Que si me metía de nuevo en la cama iba a estar muy a gusto pero pensé en el lunes y no quería recordar eso. Me pudo más la curiosidad y el deseo de (una pequeña) aventura.
Gracias a ello constaté que ser panadero es un oficio sacrificado. Hay que madrugar mucho incluso en domingo, para sacar tu trabajo adelante.
Que la ciudad puede ser muy bonita vestida de azul. Aunque esto ya lo sabía es bueno disfrutarlo de vez en cuando.
Que hay sitios donde parece que se escondan las brujas a descansar cuando llega el alba. (No sé porqué pero estas luces verdes siempre me hacen pensar en cuentos de brujas, en calderos en ebullición y escobas de paja aparcadas cerca de la chimenea)
Que el cielo se peina muchos días para recibir al sol.
Que algunos madrugan tanto como los panaderos o incluso más.
Que las nubes siempre me sorprenden y me seducen.
Que tienes que haber nacido pato para (soportar) disfrutar un baño frío a horas tan tempranas.
Qué la ciudad se despierta. (Ésta es mi foto elegida).
Que una valla funcional es bonita.
Que la luz del día es siempre un regalo.
Que hay muchas personas que por muchas razones madrugan un domingo. También los que escogen la madrugada para recogerse. Vi unas cuantas personas que volvían de divertirse la noche del sábado y vi otras más que madrugaron para montar en bici, se dirigían a disfrutar de una excursión o incluso algunas se iban a trabajar (¡entre ellos el floristero loco!). La ciudad vibra al despuntar el día.
Para apreciarlo solo hace falta estar...
...despierta.
















